Ni Messi ni Cristiano: Luka Modric alzará el codiciado balón de oro

Este lunes, el croata recibirá el galardón más importante que lo acredita como el mejor jugador de fútbol del mundo

Que el croata Luka Modric le arrebate el balón de oro a Cristiano Ronaldo y a Lionel Messi quedará en la historia como una de las hazañas más grandes del fútbol contemporáneo. Tanto el portugués como el argentino se habían convertido en los indestronables: cada uno ha ganado cinco balones de oro.

Pero en 2018 se les atravesó un croata cuya historia bien podría protagonizar una novela. En las canchas de la ciudad donde nació el 10 del Real Madrid -Zadar- caían granadas en medio de la guerra que se desarrolló en la década del noventa

Un letrero con una calavera y un mensaje en croata que traduce “no se acerque a esta área, hay un gran peligro por minas”, sigue todavía puesto en la casa que Luka Modric abandonó cuando tenía 6 años. Modrici, en la división geográfica de Croacia, es como una vereda que lleva el nombre de la familia del jugador, queda a cinco minutos de Obrovac. Apenas hay allí una decena de casas.

Su padre y abuelo se enlistaron en las filas para combatir en la guerra. Pero el abuelo Luka no volvió a casa, ese fue el detonante para empacar maletas e irse. Hoy la casa está destruida, solo quedan algunas piedras que se mimetizan con el paisaje de montaña rocosa de esa zona de Croacia.

La familia se fue a Zadar, una ciudad costera a cuarenta minutos de Obrovac. Se refugiaron en un hotel de nombre Kolovare, que abandonó sus funciones y se convirtió en un centro para las personas que huían de las bombas.

Luka todos los días agarraba la pelota y se iba al parqueadero a dar balonazos a la pared, hacer jueguitos o practicar disparos. Sin ninguna compañía más que el balón.

El director del hotel Kolovare seguro pasó su mirada por Luka Modric varias veces a lo largo del día. Curiosamente, también sabía de fútbol y además de su trabajo en el Kolovare se ganaba algún dinero trabajando en el NK Zadar.

“Baja y vas a ver cómo juega un niño que lleva el día entero con la pelota en el parqueadero”, le dijo a Josip Bajlo, director del NK Zadar.

Su familia se trasladó a otro hotel, también convertido en centro para refugiados y mucho más cerca de las canchas del Zadar, equipo que decidió ficharlo para jugar en las inferiores. Por esa época jugar fútbol no era seguro. Caían cientos de granadas sobre Zadar al día. Bajlo decía que los bombardeos comenzaban a las 6:00 am.

No hubo agua ni electricidad durante dos años.

Resaltaba entre los demás por ser el más pequeño del equipo de niños, por su brillante cabello rubio y por su silencio y timidez –rasgo constante en quienes se dedican a hacer magia o arte con el balón-.

En su equipo cabían todos los niños que quisieran jugar. Una estrategia del club para mantener alejados a los más pequeños de la guerra, o en su defecto, alejarlos del encierro que produce el peligro por una muerte que cae del cielo. Cuando sonaban las alarmas todos los niños corrían a refugiarse. El primero en llegar seguro era considerado un héroe.

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