OPINIÓN: La Enmienda XIV y la ciudadanía

Desde un punto de vista del Derecho, la nacionalidad es el vínculo jurídico-político que une a una persona con un Estado

El Presidente Donald Trump anunció su intención de negar la nacionalidad americana a los hijos de inmigrantes ilegales nacidos en los Estados Unidos.

Trump hizo de la inmigración el tema central de la campaña para las elecciones de mitad de período, intentando generar miedo a lo que él llama una “invasión”.

Ha dicho que modificará el régimen de asilo; que establecerá la detención preventiva de aquellos que lo soliciten y, además, ordenó el envío de tropas a la frontera, con instrucciones de responder con firmeza letal a cualquier “agresión” por parte de los inmigrantes.

La reforma migratoria se hará, después de las elecciones anunció el Presidente, por la vía de una Orden Ejecutiva. No se ha aclarado si la nueva interpretación constitucional en cuanto a la ciudadanía tendrá efectos retroactivos, pero sí se recordará que ya el candidato Trump había realizado un planteamiento similar al iniciar su campaña para la Casa Blanca en el año 2015.

El Presidente ha usado un argumento absolutamente falso, cuando dice que Estados Unidos es el único país que otorga la nacionalidad a quienes nacen en su territorio. Alrededor de 40 países en el mundo lo hacen, sin ningún tipo de restricción, a quienes nacen dentro de sus fronteras.

Desde un punto de vista del Derecho, la nacionalidad es el vínculo jurídico-político que une a una persona con un Estado. Este vínculo puede establecerse de manera involuntaria e inmediata en el momento del nacimiento, lo que se conoce como “nacionalidad originaria” o por un hecho voluntario posterior al mismo, que se suele denominar “nacionalidad adquirida” o naturalización.

Se distinguen dos formas de adquirir la nacionalidad originaria: El ius soli (derecho del suelo) en virtud del cual son nacionales los nacidos en el territorio de un determinado país y el ius sanguinis, (derecho de la sangre) que relaciona la nacionalidad de los niños con la de sus progenitores.

La Enmienda XIV de la Constitución de los Estados Unidos, ratificada en el año 1865, establece: “Todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos y sometidas a su jurisdicción son ciudadanos de los Estados Unidos y de los Estados en que residen”.

La razón fundamental que condujo a la adopción de la Enmienda XIV fue la necesidad de descartar, definitivamente, cualquier forma de esclavitud en el territorio de la Unión y específicamente dejar sin efecto la vergonzosa sentencia Dred Scott, dictada por la Corte Suprema de Justicia en 1857, en virtud de la cual los esclavos negros no eran ciudadanos a pesar de haber nacido en el territorio de la Unión.

Desde la aprobación de la Enmienda ha quedado establecido que los niños nacidos en los Estados Unidos son ciudadanos, con la muy pequeña excepción de los hijos de los diplomáticos acreditados en este país.

Ésta ha sido la interpretación predominante, tanto en la jurisprudencia de la Corte Suprema, como en la literatura jurídica y en la práctica administrativa, pero no han faltado cuestionamientos por parte de dirigentes políticos y juristas que afirman que los inmigrantes ilegales no están sometidos a la jurisdicción de los Estados Unidos y que en consecuencia, sus descendientes no pueden ampararse en la Enmienda. Este es un argumento evidentemente infantil, pues toda persona que viva en el territorio de los Estados Unidos está sometida a su jurisdicción, con la única excepción, ya mencionada, de los diplomáticos y representantes de potencias extranjeras.

¿Puede el Presidente de los Estados Unidos, mediante una Orden Ejecutiva, modificar el texto o la interpretación mayoritaria que ha tenido esta cláusula incorporada hace 135 años a la Constitución?

La respuesta debería ser negativa y corresponderá a la Corte Suprema decidir.

En espera de que la Corte decida, es bueno leer la opinión de Robert Tracinski, respetado colaborador, muy conservador, de The Federalist: “No sólo se trataría de una quiebra moral e intelectual. Sería un desastre para el Partido Republicano, transformándolo en lo que los Demócratas siempre han querido que sea: el partido de los blancos y sólo de los blancos”.

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