Día de las Madres en el DMV: “A mi madre le regalaré rosas de mi jardín”

A la familia Quinteros, el coronavirus no le dejará celebrar su típico Día de la Madre

“Honestamente no sé qué vamos hacer”, dice Rosa Quinteros con una alta dosis de frustración. Su familia no es de las que espera una ocasión especial para reunirse, cualquier momento es bueno, pero el Día de la Madre es una fecha especial y ahora el coronavirus y lo desbarató todo.

Sus hijos siempre le preguntan, “¿Mami qué quiere para el día de la madre?”. Hasta el martes en la mañana no le habían dicho nada y ella preguntaba si “no será que es muy temprano o será que se olvidaron, porque están tan agobiados con el trabajo y los niños”. Lo más seguro es que este domingo harán como hicieron hace poco con la graduación de secundaria de uno de sus nietos: fiesta digital. No hubo abrazos ni comida. En una hora ya se había terminado, algo que en la familia Quinteros no es normal.

Su hija Rocío Taylor lo confirmó: ese Día de la Madre en el que todos van a casa de mamá o salen a celebrar a algún lugar bonito no será posible. “Estamos respetando el autoaislamiento, lo más probable es que a mis padres les pediremos comida que sea llevada a la puerta y les diremos hola desde la distancia”. Rocío, sin embargo, ya se las ingenió para que su madre reciba flores y no las ordenará por internet. “Mi patio está lleno de rosas, las cortaré y esta vez mi mamá recibirá flores de mi jardín, así haré la diferencia”.

Extrañando el mundo pre-pandemia

A Rosa, en vez de llamar a preguntar cómo está el enfermo, le gusta ir a verlo, estrecharle la mano y arrancarle una sonrisa, pero esta pandemia le está pasando una factura con muchos ceros de tristeza. “He tenido pérdidas lamentables, he tenido sobrinos graves por el coronavirus, amistades y colegas de mis hijos se han enfermado y yo sin poder ir a darles aliento”.

Su familia la integran sus hijos Lupi, Rocío y Carlos Augusto, sus cinco nietos, sus dos yernos y una nuera que son sus hijos adoptivos. Hasta el año pasado esta era una celebración que, si decidían quedarse en casa, los hombres cocinaban y a ella y a sus hijas, que también son madres, las deleitaban con delicias salvadoreñas.

“¡Ay!, cuánto extraño el humor, las reuniones sin máscaras, sin miedo, sin que me digan ‘no te acerques, que fui a este y a este otro lugar’. Lo hacen por cuidarme, lo sé”, para entonces, y cuando aún no había terminado la frase, ya estaba sumida en un llanto que la obligó a respirar hondo antes de continuar. “A mi marido Carlos López y a mí, mis hijos nos cuidan de otra manera, nos hacen el mercado, se llevan a lavar la ropa, siento que me estoy convirtiendo en una carga”.

Ella podría pasar horas enumerando las reuniones y las anécdotas. La última navidad, por ejemplo, gozaron alrededor de una mesa exuberante en lomo relleno, tamales, pupusas y todas las exquisiteces que cada uno puso sobre el mantel. Hoy, eso le parece muy lejano. De otra era, de otro mundo.

Un aliado en tiempos difíciles

Según Rocío, su madre es lo más importante que tiene en su vida, su ejemplo de valores y principios, y la figura de la perseverancia y la fortaleza. Estos días, tristeza es la palabra que mejor define a doña Rosa, más cuando ve que esta pandemia se sigue alargando y más personas sufren. “Lloro por la gente que no conozco. Lloro cuando veo que a los entierros solo tres o cuatro personas pueden ir a acompañar. Lloro porque soy abrazona, pero ahora ni a mis nietos ni mis hijos los puedo cuidar”, dijo esta madre querendona.

Pero ella tiene un aliado a su favor que le ayuda a sobrellevar el peso de una época que no estaba prevista en el calendario de nadie: Dios. “Él es el único que nos puede dar fuerzas y salud y limpiar y sanar esta tierra”.

Esta vez no quiere que le hagan regalos ni grandes sorpresas, como en una ocasión en la que sus críos aún siendo muy jóvenes le regalaron una cadena con tres diamantes diminutos. Ella solía decirles que eran sus tres diamantitos y a ellos no se les ocurrió mejor idea que ese obsequio. “No sé como lo hicieron, porque nosotros no éramos adinerados”. Rocío sí lo sabe: “mamá nos enseñó a ser responsables y a manejar nuestros pequeños presupuestos bien, éramos creativos, teníamos algunos pequeños trabajitos y papá nos ayudó”.

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