Un Thanksgiving sin todos los seres queridos

Familias latinas del DMV adaptaron su celebración de Acción de Gracias

Thanksgiving, dice la leyenda, es el día en el que desde hace casi 400 años se reúnen los más cercanos y los más queridos. Alrededor de la mesa se comen las exquisiteces preparadas por la dueña de la casa y las que cada uno lleva. Este año esos sabores y olores no inundaron el ambiente de muchos hogares estadounidenses. Hay una pandemia y eso cambió los planes.

En la casa Saraí Salmerón este Día de Acción de Gracias (Thanksgiving) no hubo ese ir y venir de tíos, hermanas, sobrinos, primos y amigos con las manos llenas de bandejas humeantes de sabrosos tamales, aromáticos pollos horneados, ni los famosos camotes con miel de El Salvador.

Solían reunirse hasta 30 familiares que venían de Nueva York y Florida, pero en tiempos de pandemia, los Salmerón no esperaron a nadie. Este Thanksgiving estuvo alicaído, ni siquiera fueron al servicio de Acción de Gracias de su iglesia ni madrugaron a cocinar.

“Esta vez solo pasamos mi mamá, mi esposo y mis niños. Puse un pollo al horno, nada fue especial”, dijo Salmerón, quien el pasado mayo sintió que el mundo se le vino encima. Su madre se contagió del coronavirus y estuvo delicada en el hospital. “Esta fecha no dejó de ser deprimente porque es el único momento del año que podemos estar con la familia y ver a los chiquitos corriendo de acá para allá, pero tenemos que ser responsables y protegernos”.

Tampoco hubo traqueteo de ollas ni del horno de Elpidia “Chila” García salieron aromas de la carne mechada y de la pierna de cerdo asada que acostumbraba a servirlos con arroz con gandules y deliciosos pasteles de hoja dominicanos. Su esposo, su hija y ella se quedaron en casa porque con el virus no se puede jugar. Aunque adora a sus nietos, este año no estuvieron invitados.

“La verdad es que este año estoy tan fría que lo único que quiero es estar en oración para dar gracias por todas las oportunidades que hemos tenido aquí y porque estamos con salud”, dijo García. “Lo siento, pero esta vez la puerta no abrí para Thanksgiving, ni la abriré a nadie en Navidad y Año Nuevo. Es mejor que me llamen por teléfono, porque ahora lo importante es que todos sigamos vivos y sanos. Ya vendrán los buenos tiempos”.

En este año de incertidumbres, enfermedad, desempleo, soledad y pérdida de tantas vidas, las familias con las que habló El Tiempo Latino reconocieron que están pasando por un período de fatiga, desgano y nostalgia. En vez de hablar de suculentas cenas, viajes, invitados o Black Friday, prefirieron dar gracias por estar vivos y sanos y por tener trabajo y recordar lo mucho que añoran lo felices que fueron el pasado Día de Acción de Gracias, que fue solo hace un año, pero que para María López es como que fue hace un siglo.

Con un niño recién nacido, una pequeña de 10 años, ella y su esposo sin trabajo desde que empezó la pandemia, en el departamento de los López no hubo cena. “Estamos desesperados, viviendo de los bancos de comida, sin dinero ni esperanzas. Se ha vuelto eterno el no saber qué pasará mañana”, dijo López.

Paula Cruz no tuvo entre sus razones agradecer por la salud de su padre, quien murió el mes pasado de un problema del corazón, en El Salvador; tampoco hizo una plegaria por la vida de su tío, a quien no hace mucho lo venció el coronavirus.

“No pudimos viajar al entierro de mi papá y a mi tío lo metieron en una bolsa negra y directo a la tumba. Estos dos golpes solo nos han dejado llanto y dolor”, contó Cruz aún en estado de negación de que eso esté pasando en su vida. “No hubo mucho que celebrar, solo pasamos mi marido, mis dos hijos y yo. Nosotros no somos mucho de pavo y solo hice un pollito, más por los niños que preguntaban qué vamos a comer”.

Los siete hermanos Cruz, el año pasado se citaron en la casa de una de las hermanas de Paula, hasta allá llegaron tíos, sobrinos y primos. “Esta vez por protección, nos quedamos en casa a la espera de mejores tiempos”.

En el hogar de María Alicia Flores también hubo “unos pollitos y solo para los que vivimos juntos”. Para ella más que una cena abundante y exquisita lo que realmente importa es “darle las gracias a Dios todos los días porque tenemos salud y trabajo, ahora que tanto hacen falta”.

Con más de 12 millones de casos de coronavirus y más de 260 mil muertos en Estados Unidos, está demostrado hasta el cansancio que este es un virus oportunista que se aprovecha de la cercanía de la gente, no importa si el grupo es grande o pequeño. Basta con que uno esté infectado, todos están en riesgo. Por eso la única prevención para muchos fue compartir solo con los que viven bajo el mismo techo.

Eso es lo que hizo Mayra Lugardo. No quiso arriesgarse ni exponer a sus seres queridos a un posible contagio. “Hice tamales, pozole y pollo. El pavo tal vez lo haremos para la Navidad”. Recordó que el año pasado viajó a Carolina del Norte a reencontrarse con más de 30 familiares. “Todos los días tengo mucho que agradecer, con tanto coronavirus por todas partes nadie de mi familia se ha infectado, aunque vivo con miedo porque trabajo en un restaurante. Sigo todos los protocolos, pero no sé cuándo podría infectarme”.

La gran familia de más de 500 jóvenes de Latin American Youth Center (LAYC), por primera vez en más de tres décadas no abrió los brazos a los jóvenes y a sus invitados para celebrar Thanksgiving con un buen plato de pavo, arroz con frijoles y pastelitos. Esta vez la cena la tuvieron en cada una de sus casas. La organización repartió más de 200 pavos en Maryland y el pasado martes entregó unos 300 en Washington, DC.

A la familia de Victoria Hincapié esta vez no le hizo falta un pavo. El año pasado vino su madre desde Colombia e invitó a unos amigos y allí sí hubo pavo. “Esta vez hicimos algo muy sencillo y solo para mi esposo, mi hija Amalia y yo. Lo hice sobre todo para que mi niña se familiarice con las tradiciones de otras culturas”.

Una vez terminada la frugal cena, en la casa de los Salmerón dieron comienzo a otra tradición muy propia de ellos: decorar el árbol de Navidad. “Esta vez nos demoramos más porque nos faltaron las manos de mis hermanos, sobrinos y primos. Mientras le íbamos dando forma, pensé que en medio de tantas tragedias vino al mundo mi pequeño angelito Martín a darnos una luz de esperanza”.

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