Educación: el smartphone como pizarra de emergencia

En DC, 60 de cada 100 hogares con niños, necesitan ordenadores para este nuevo período escolar

De Seattle a Nueva York, pasando por Washington DC, Alexandria o Silver Spring, millones de niños y jóvenes ya comenzaron el nuevo año escolar, con una tableta y a veces solo con un celular como pizarra y el comedor, la cocina o el dormitorio de sus hogares como el aula.

La pandemia del coronavirus impide que los estudiantes vuelvan a las escuelas y, aunque el trauma de abandonar las aulas y ajustarse a una nueva modalidad de aprendizaje ya lo vivieron el pasado marzo, para muchos las dificultades tecnológicas y en algunos casos la falta de una computadora o tableta siguen siendo persistentes.

Eliana Ramírez de 11 años, es una de las pequeñas que en Washington DC completó el ciclo escolar anterior con la ayuda de un celular y el internet lo pagó su maestro, porque su papá Jesús Ramírez se quedó sin trabajo y su madre estaba en la recta final de su embarazo, así que no tenían para para pagar la renta ni para comprar comida. Mucho menos para asumir el gasto de una tableta o laptop.

El nuevo período escolar acaba de comenzar y la situación de los Ramírez solo ha empeorado, ahora tienen dos hijos que alimentar, siguen en el desempleo y la compra de una computadora para Eliana les resulta imposible. “Ahora mismo no sabemos si van a aceptarla en la nueva escuela. Seguimos esperando la respuesta de MacFarland Middle School, si la reciben nos dijeron que tal vez le darán un equipo”, dijo su madre María Díaz. El lunes empezaron las clases pero esta pequeña seguía sin matrícula.

Objetivo: tableta e internet

En unos casos es la falta de equipos como computadoras o tabletas y en otros es la carencia del servicio de internet, porque no tienen para pagar ese servicio. “Es una de dos, o no tienes la computadora o el internet no te sirve”, dice la joven Diana Isabel Méndez-Argueta. “En mi caso tengo computadora, pero me quedé sin internet porque mi mamá perdió el empleo en un hotel y tuve que irme a vivir con mi tía. El caso de mis primos es lo contrario, ellos tienen internet pero no computadoras, en la primavera sus tareas las hicieron en papel y debían entregarlas en la escuela. Esta vez no sabemos si será diferente”.

Una encuesta realizada durante el verano en DC encontró que 60 de cada 100 hogares con niños, necesitan ordenadores para este nuevo período escolar. El 20% también reportó la necesidad de acceso eficiente a internet. Según las asociaciones de maestros y padres de familia, más de 51 mil estudiantes necesitan computadoras y conexión digital en la ciudad.

El canciller del sistema de escuelas públicas de DC, Lewis Ferebee, aseguró que hasta el 31 de agosto “la vasta mayoría de estudiantes tendrá sus equipos”. Según esta autoridad, se han invertido 17 millones en tecnología para comprar unos 45 mil artefactos digitales. Las escuelas y colegios ya están distribuyéndolos, se recomienda a las familias llamar a las escuelas para dejarles saber sus necesidades.

A punta de celular

Bilda Hernández espera que uno de esos equipos llegue a las manos de su pequeño Christopher López. Este niño se vio obligado a tomar sus lecciones a través de un celular, porque la única computadora que hay en casa fue para su hermano mayor, Edgar. “Será por la edad, pero no se quejó, logró salir pero yo sé que eso no es lo mejor”, dijo la madre. Hernández llenó dos veces la solicitud para que le den una computadora o una tableta pero aún no ha recibido una respuesta.

Miguel Alejandro Zúñiga, un estudiante de Bell High School, desde marzo del año pasado también se vio obligado a estudiar en su teléfono, porque no tiene computadora. Hasta antes de la pandemia, internet tampoco era indispensable en su casa, pues el salario de empleadas de restaurantes de su mamá y su hermana alcanza para apenas lo básico. “En la escuela me han ofrecido que para este año me darán un equipo, eso espero”, dijo este adolescente, que además de estudiar deberá cuidar de su sobrinita de cuatro años.

Zúñiga no estuvo entre los favorecidos de los 10 mil equipos digitales y los 4 mil puntos de conexión a internet (más conocidos como WiFi hotspots) que el sistema de educación de DC entregó de urgencia durante la primavera, como parte del programa que proyecta dotar de tabletas a todos los estudiantes en los siguientes dos años.

Del aula escolar al aula virtual

Jacobo Larios desde su atalaya, como coordinador de escuelas comunitarias del Latin American Youth Center (LAYC) y de maestro, tiene una perspectiva que le permite observar la realidad desde diferentes ángulos. El coronavirus relegó muchos programas y la entrega de alimentos se volvió apremiante.

Para Larios, “la población estudiantil, incluso los que trabajan, no tiene para comida y los estudios pasan a segundo plano. Al principio fue difícil encontrar y adaptarse a la tecnología que para las escuelas comunitarias no estaba disponible”.

El problema, según él, no está tanto en la modalidad de aprendizaje, pues la enseñanza por internet ya existía en las universidades. “La dificultad está en la adaptación, porque para muchos jóvenes y niños ir a clases ya les resultaba difícil y ahora deben estar frente a una pantalla ocho horas y eso es muy fuerte, especialmente si tienen otras preocupaciones como la falta de una red de apoyo o la falta de empleo de sus padres o de ellos mismos”. Sin embargo, insiste en que es preciso mirar caso por caso para no caer en generalizaciones.

Para muchos estudiantes latinos la adaptación no solo ha sido emigrar del aula escolar al aula virtual, para Eliana, por ejemplo, el prolongado encierro la tiene aburrida y quizá también deprimida, porque, según su madre, siente “nuestra desesperación por no saber si para mañana habrá unas tortillas de maíz en la mesa”.

La falta de internet y la imposibilidad de pagar la renta empujaron a Méndez-Argueta y a su madre a mudarse a Anacostia en Washington, DC. “Tuvimos que botar casi todo, porque donde mi tía no hay mucho espacio. Mientras dure la emergencia no tendré que madrugar para llegar a Bell High School, en Columbia Heights, y no me preocuparé por falta de conexión o porque el servicio era lento y me retrasaba en las tareas. Mi angustia de ahora es que este mes logré pagar el teléfono, pero no sé si podré hacerlo el siguiente”.

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